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Cuna de Oro

Desde lo alto de la almena observo como los sirvientes salían con sus pertenencias, sabía que otros vendrían a reemplazarlos en cuanto el encargado del establo regresase del pueblo, pero sin duda le esperaba una reprimenda y por la cara que había visto poner a su padre cuando la cocinera hablo a nombre del resto de la servidumbre para exponer al duque su deseo de abandonar el palacio.

Ya antes habían tenido episodios parecidos, el recipiente para el azúcar que en lugar de azúcar contenía una legión de arañas de todo tipo, la silla de montar con clavos por debajo de su instructor de montura, el ganso que repentinamente graznó cuando lo sacaron del horno, este recuerdo en especial le sacaba una carcajada cada que recordaba a la cocinera desmayándose de la  impresión pero esta vez la risa no llegó, la nueva cocinera, que pronto seria sustituida por otra, no tuvo problema en llamarlo “intento de asesinato” cuando el cuchillo salió de la mesa disparado por si solo para intentar atravesarle la garganta por haber utilizado más sal de la debida en la comida del señorito del castillo.

Los rumores ya habían llegado a él, incluso su padre los había escuchado sin darle más importancia, lo que su padre ignoraba era el origen del, cada vez más frecuente frase del “niño demonio”. Para su padre solo eran travesuras de adolescente, cosa nada rara entre los herederos de la realeza, pero él sabía que su origen no era algo tan mundano como esto.

Había más, mucho más, el azúcar había sido azúcar hasta que se enfureció con el panadero por no regalarle un poco y no hubo necesidad de juntar arañas, ya que estas se materializaron dentro del recipiente en forma inmediata, el ave cocinada había graznado porque le pareció divertido y respondió a un impulso de su imaginación el no había fingido el graznido yendo de puntillas detrás de la cocinera como pensaba su padre, su instructor de montar le había golpeado ligeramente con la fusta para enderezar su postura “Debes ir gallardo como un rey, aunque no estés destinado a serlo” y despues el fuetazo, leve pero suficiente para hacerle ver puntos rojos de ira en su campo de visión, cuando su instructor recupero su montura los clavos ya estaban ahí y la cojera que había tenido desde entonces evidenciaba el daño que le habían causado.

Esa fue la primera vez que realmente se asustó de  lo que él llamaba “sus cualidades”, pero nada se comparaba con lo último, esta vez había perdido el control por completo y a punto había estado de matar a la cocinera, si esta no hubiese volteado la cara en el momento justo, el fino arañazo que aparecía en su cuello hubiese sido un brutal degollamiento.

La historia que escuchó de labios de la cocinera no era nueva, ya la había oído en varias ocasiones, quince años atrás la casa del hijo menor del rey se regocijaba en la espera del nuevo heredero, pero el tiempo de espera fue haciéndose mayor hasta que finalmente el duque de la casa de Slytherin llevó en brazos a su primogénito, Salazar.

Luego, la mala noticia corrió como reguero de pólvora, víctima de una hemorragia, la duquesa luchaba por su vida, lucha que finalmente perdió al cabo de unas horas, mal augurio, dijo el pueblo y el estigma permaneció.

Aun asi, el pequeño Salazar poco o nada le importaban esas murmuraciones, no sería rey porque su tío, quien ya había sido coronado, gozaba de gran salud y tenía una docena de hijos que se pelearían la sucesión, pero aun asi era parte de la realeza, era el sobrino del rey lo que lo hacía intocable para el pueblo.

Pero los mordaces comentarios de la cocinera, los calificativos de “mala semilla” y “asesino desde el vientre”  calaron hondo en el corazón de Salazar y el cuchillo, aparecido también de la nada y dotado de un inaudito filo, surco veloz el aire hacia la garganta que pronunciaba insultos tan monstruosos. Remordimiento quizás, suerte tal vez, la cocinera evito el ataque y había acudido al duque para poner su renuncia y la del resto de los sirvientes que siguieron su ejemplo.

Apenas el coche dobló el camino la voz de su padre trono por el pasillo inferior, con paso lento pero decidió el pequeño Salazar acudió al llamado.

-Bien, bien, bien, bien.- dijo su padre, en un arranque de imprudencia Salazar pensó en decir “¿Y bien qué?”, pero no quería poner a prueba tan rápido la paciencia de su padre, debía dejarlo desahogarse si quería llevar a cabo su plan.

-¿Tienes algo que decir?- le pregunto el duque.

-¿Sobre qué padre?- respondió Salazar.

-¿Sobre qué? Sobre el cuchillo que le lanzaste a la cocinera, pudiste haberla matado, ¡Y con testigos! Salazar eres de la realeza, pero solo el Rey está por encima de las leyes, pudiste haber hecho caer nuestra casa en vergüenza por una imprudencia.

-Me insultó- dijo Salazar primero quedamente pero despues alzando la voz- Me llamo asesino de mi madre, asesino desde el vientre, ¿Qué querías que hiciera?

Su padre se sentó en la silla ceremonial con aspecto abatido, Salazar reprimió una sonrisa de triunfo había ganado el primer asalto.

-¿Porque no lo dijiste?, pude haberla arrestado por insultarte de ese modo, pude condenarla a todo tipo de trabajo forzado.

-¿Quién escucha semejantes insultos y permanece impávido?

-Tienes razón- contestó el duque sin esconder el tono de orgullo al hablar, Salazar no disimulo la sonrisa esta vez, había ganado el segundo asalto, todo sería cuesta abajo en este momento, había lanzado el golpe en la grandísima vena de orgullo de su padre.

-De todos modos, hay que moderarse hijo, pronto aprenderás que existen “métodos” para librarnos de alimañas desagradecidas sin poner en riesgo nuestro buen nombre.

-Yo podría haber hecho que olvidasen todo.- dijo Salazar intentando controlar la emoción en su voz.

-¿Tu? ¿Y cómo habrías logrado eso?

-Yo puedo hacer cosas que nadie más puede padre, cosas increíbles, cosas terribles y magnificas- y uniendo la palabra a la acción, los cristales se oscurecieron, cientos de arañas y serpientes surgieron entre las piedras del castillo y rodearon al pequeño Salazar, mientras los objetos en la habitación levitaban y ejecutaban una especie de danza a su alrededor.

-Basta- grito el duque- Basta demonio, ¿quién eres y que has hecho con mi hijo?

-Yo soy tu hijo- dijo Salazar al instante los bichos desaparecieron, los objetos cayeron al suelo y la luz retornó al interior del castillo.

-Tú no eres mi hijo, demonio, mi sangre real, mi sangre pura no corre por tus venas, largo de mi presencia, largo de mi castillo o te echo yo mismo- gritó el duque desenvainando la espada.

-Si eso es lo que deseas- Salazar descargo su rabia contra su padre el cual salió despedido hacia atrás.

Este era el último recuerdo que tenía Salazar de su padre era yaciendo inconsciente sobre los restos de su silla ceremonial, ese mismo día había recogido unas pocas de sus pertenencias y había salido de ese castillo y de esa tierra para no volver jamás. Ahora dos años despues un nuevo pueblo asomaba en el horizonte. Solo uno más en su larga travesía.

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